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  El Lobo
 

                                 El exterminio del lobo en Zufre

  
                      Por Diego A. Velázquez Mallofret
 
        Leyendas, cuentos, tradiciones y un sinfín de fantasías constituyen la única remembranza de la indómita relación del hombre con el lobo en Zufre en el Día Mundial de la Biodiversidad. No en vano, hasta los dos primeros tercios del pasado siglo, el mayor temor de los moclinos que trabajaban diseminados en el campo era la presencia del gran depredador. No obstante el zorro atacara el corral o el águila imperial y el búho real se lanzaran sobre el ganado, sólo la silueta de estos mamíferos carniceros a la caída del sol lograba aterrorizar al zufreño.  Con la noche en ciernes, los aullidos de la manada rompían el silencio nocturno en el suelo oscuro de las grandes masas forestales de encinas y alcornoques, desde las fincas de la Vicaría a la Agüdita. 



        Zufre contaba con importantes colonias de búhos reales que anidaban en las fragas más escabrosas del Arroyo del Rey y de los Barrancos de los Pilones y del Rombo. A algunos cabreros aún les retumban en los oídos los terríficos balidos nocturnos de los chivos zarandeados en el aire por los búhos reales. La carne de esta rapaz era muy apreciada por los hombres del campo. Su forma y tamaño recordaba a la del pavo.
        Con todo, el depredador por excelencia y terror de los hombres del campo era el lobo, que diezmaba piaras de cerdos y rebaños de ovejas y cabras. Las manadas atacaban y mataban sin cesar los ejemplares desvalidos que encontraban a su paso. La Sosera, la Romera, la Vicaría, la Sierra de las Cabras o la Agüdita, algunas de las más densas y oscuras sierras de Zufre, contaban cada una con familias de seis o siete lobos -por lo general, se trataba de una familia formada por el macho y la hembra dominantes, con los cachorros del año-. No dudaban en proteger a dentelladas su territorio, señalizado con marcas de olor y aullidos, de la intromisión de otros congéneres.
Las lobadas
 
Los ataques del lobo con gran número de víctimas entre el ganado eran difícil de olvidar y de aplacar. Eran las conocidas como lobadas, ataques abusivos, inusuales, en los que la ira del ganadero era difícil de aplacar. Afectaba a ganado libre o en rediles sin vigilancia. En los cuarenta, uno de estos ataques acabó con casi medio centenar de borregas en la finca Aguafría. Por estas mismas fechas, otro terminó con siete guarros en la finca La Parrita.   Estos sacrificios masivos no eran usuales. Se bastaban con una pieza para saciar el hambre. Los equinos, en especial burros y mulos, eran perseguidos, cansados y, por último, rodeados  hasta ser atacados por detrás. Los viejos porqueros cuentan como llegaban  a cortar y devorar con sus afilados dientes las extremidades posteriores del animal mientras éste se hallaba aún vivo.
        El ataque a las vacas rara vez sí tenía éxito, a excepción de las muy débiles. Empezaban acosando a los terneros. La madre, nada más advertir el peligro, corría despavorida donde su prole al tiempo que balaba para avisar al resto del grupo. Cerrado y pertrechado el grupo con los terneros en el centro, resultaba casi imposible que el lobo pudiera logar su objetivo.
        No se han datado casos en los que estos animales carniceros eligieran al hombre como presa, aunque sí se ha dado el caso de largas persecuciones a una distancia prudencial cuando los lobos se encontraban hambrientos. Pervive en el recuerdo la imagen de un vecino de Zufre que pasó toda la noche agitando al aire una manta para mantener alejada una manada. También se conocen historias de conatos de enfrentamientos entrambos cuando los lobeznos se encontraban en peligro.
                        Saltalobos
 
        Al anochecer, el ganado debía ser obligatoriamente encerrado en sus recintos para protegerlo del ataque del lobo. Aquel animal que se perdía y que a esas horas no se encontraba con el resto era una víctima casi segura. Marraneros, porqueros, cabreros, vaqueros y  guardabellotas salían a la anochecida  provistos de antorchas para hacer candelas con las que ahuyentar al lobo de las proximidades de los animales extraviados.
        El hombre defendía al ganado en los rediles con la instalación de los saltalobos, conocidos en otros lares como barbacanas, cuerdas atadas a los árboles y situadas a media altura de la que se colgaban trapos. La astucia del lobo jugaba en este caso en su contra, pues, al intuir un posible peligro, rehuía pasar por debajo. Además, las fincas contaban con mastines para hacer frente a los lobos. Los pastores protegían el cuello del animal con la sarma, un collarín erizado de puntas de hierro.

 
                        El exterminio
 
        La última presencia conocida del lobo en la villa de Zufre se remonta a los años setenta, cuando en una montería celebrada en la Sierra Vicaría cuatro ejemplares fueron abatidos, aunque llegaron a verse cerca de una veintena. La captura de cachorros y el uso indiscriminado de carne envenenada en los años posteriores acabó con su presencia en los bosques más oscuros, asestando un golpe mortal al ecosistema de la zona. Los ganaderos de Zufre, expertos conocedores de sus costumbres, lograron su propósito de acabar con la “sanguinaria y astuta alimaña” tras una pertinaz persecución. La propia Administración, ya pagando las capturas, ya mediante órganos como la Junta de Extinción de Animales Dañinos, propició el exterminio. Una vez más, la Administración se erigió en la gran predadora de la biodiversidad en Zufre. Verbigracia en 1989, cuando culminó la construcción de una presa a costa de eliminar unas treinta mil encinas y once kilómetros de ribera de ecosistemas irrepetibles, hábitats de las nutrias, bogas, águilas imperiales, buitres y cigüeñas negras, especies hoy extinguidas o en franco retroceso. Al año de la catástrofe medioambiental, se creó el Parque Natural. ¿Para qué? Con el lobo pasó algo parecido: no se puso en valor hasta que no fue exterminado. Nos privaron de su presencia. Lo más agreste, puro y salvaje del mundo animal. El relato de estas historias es lo único que hoy queda. A la puesta de sol y en la amanecida, el aullido de estos cánidos ponían voz y canto a la libertad de la naturaleza.
 
 
 
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